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Use Lahoz

Biografie

Use Lahoz (1976) is een Spaans dichter, romanschrijver en journalist voor onder andere El Viajero en El País. Hij debuteerde in 2005 met de roman Leer del revés, waarvoor het Festival du premier roman de Chambéry hem de prijs van het beste buitenlandse boek gaf. In 2007 kwam zijn eerste dichtbundel Envío sin cargo uit. Bij het verschijnen van zijn tweede roman Los Baldrich (2009) werd hij door FNAC tot Talent van het jaar uitgeroepen. In 2010 publiceerde hij de dichtbundel A todo pasado en in 2011 volgde de roman La estación perdida, uitgegeven in het Nederlands als De dromer (Karakter Uitgevers, 2012). Hierin schetst hij een prachtig beeld van de woelige tweede helft van de twintigste eeuw in Spanje. In 2012 kwam zijn eerste jeugdroman Volverán a por mi uit waarvoor hij de Premio La Galera Jóvenes Lectores ontving.

Lahoz woont en werkt in Barcelona. Eerder studeerde hij in Madrid, Barcelona, Porto, Aken en Padua.

In Villa Hellebosch werkte hij aan een nieuwe roman.

 

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Auteurstekst

Según las estadísticas expertos en sociología advierten que el verano es peligroso para las parejas. Yo me di cuenta cuando era niña. No tuve que esperar a tener marido.

Vayamos por partes.

Hay quien asegura que cuando de pequeño no existen problemas. No es cierto. Mi vida entonces estaba llena de ellos. Mis padres se habían separado y cada cual iba por su cuenta. Hay que ver lo egoísta que se vuelve la gente cuando se divorcia. Para separarse mejor decidieron enviarme con mi tía Alexandra todo el verano. Mi ausencia favorecía sus planes. Mi madre se cogió las vacaciones en julio para ir con unas amigas de crucero. Ella lo definía como una temporada en el paraíso. Para mi padre no eran más que separadas buscando guerra. Me costaba imaginar a mi madre disparando fusiles, pero desde pequeña aprendí a no remover las metáforas.

Mi tía Alexandra tenía una casa en Vollozelle pero vivía en Córcega. Mi madre hablaba de su hermana como de un ser mitológico, la tía Alexandra, la que vive en la montaña con vistas al mar. Crecí imaginándola. Sin apenas conocerla quería ser como ella. Era artista. Vino a buscarme a Bruselas. Así aprovechaba para dar una vuelta en Vollozelle.

Llegó el día anterior a las olimpiadas que cada final de curso se celebraban en el colegio. Me dejaron con ella y cada cual se fue por su lado. No fue una despedida triste. Para mí, a los diez años, ir a Córcega con mi tía Alexandra dos meses y medio, era una aventura. Sentía la libertad por adelantado. Era una sensación fabulosa. Sólo con imaginar la isla, las olas, la arena, una efervescencia recorría mi espina dorsal. En este mundo hay sentimientos tan verdaderos como la mentira.

Entonces yo era delgada como un palo y corría como las liebres. Mi deporte favorito era el fútbol y todos mis amigos eran chicos. Mucha gente me confundía con un niño. Al principio lo tomaba como un elogio, puesto que regateaba mejor que ninguno, pero con el paso del tiempo empezó a molestarme. Estaba cansada de habladurías. Mientras los cuerpos de algunas chicas se desarrollaban, yo observaba el mío intacto, esperando algo que disuadiera la perversidad de los chicos. A menudo, de vuelta a casa con la pelota entre las manos, se acercaban gritando: "¡es un niño, es un niño!", y yo soltaba la pelota para sujetar los pantalones porque más de una vez intentaron bajármelos con intención de ridiculizarme.

Aquel viernes el colegio se fue repartiendo entre autocares. Llegar al Estadio era como entrar en un cuadro luminoso.  Cuando llegó el turno de la primera carrera Jean se acercó y me dijo con tono amenazante:

-¿A que no te atreves a ganarme?

Recuerdo ese instante con infinito dolor, aunque por momentos hoy, desde mi madurez acuda a él para verme más fuerte que ahora. Todo el mundo sabía que era más rápida que él, que tenía las mejores marcas y que era yo quien más goles marcaba en la clase. Pero estaba enamorada de Jean. A veces, estando sola, me preguntaba si aquello del deporte no lo había comenzado inconscientemente por estar a su lado. Hay especialistas en sociología que aseguran que en el amor se pierde mucho tiempo.

En las eliminatorias previas gané todas las carreras y era la única niña que corría la final. El sol me cegaba cuando miraba hacia la meta, los ojos arrugados, las manos apoyadas en el tartán. Eran los cien metros lisos. Mi tía estaba en la grada. Con la mano en la frente se protegía del sol. Ningún obstáculo se interponía entre mis dudas y la llegada, pero en mi cabeza vibraban trabas más grandes que cualquier valla.

Preparados.

Listos.

Ya.

Empecé a correr sabiendo que Jean lo hacía en la otra esquina. Yo ocupaba el carril tres y él el carril siete. Enseguida me puse en cabeza. En las gradas se coreaban nombres. La algarabía se fundía con mi concentración. Tras la meta vislumbré a dos profesores con cronómetros en la mano. Faltaban diez metros. Todo estaba saliendo según lo previsto. En una centésima de segundo giré la vista para ver a Jean, que de ninguna manera podía ya vencerme.

Volvería a ganarle.

Y no podía permitírmelo.

Un metro antes de la meta me dejé caer. Desde el suelo vi a Jean ganar la carrera. Esa imagen me llenó de alegría hasta que un corredor rezagado me pisó el tobillo con tan mala suerte que me lo dobló y por un segundo vi las estrellas en medio de tanta luz.

A toda prisa acudieron profesores y alumnos. Mientras me retorcía aparecieron dos miembros de la Cruz Roja para colocarme sobre una camilla. Me había partido la tibia. De camino a la enfermería pensé en el verano en Córcega, otro sueño perdido.

Mi tía Alexandra me llevó a Vollezelle. Mientras maldecía mi mala suerte me dijo que no tenía motivos para llorar, que en la vida lo más importante es aprender a esperar, que sólo el que aguarda sabe que la victoria es suya, que Córcega me esperaría.

Días después, con mi madre en Estocolmo y mi padre en las islas Mauricio, caminaba por casa con muletas y la pierna enyesada cuando apareció Paul. Era el novio de mi tía y, por culpa de mi accidente, había venido desde Córcega para pasar el verano con nosotras en Vollozelle. Lo primero que dijo al verme fue que las secuelas de una caída duran poco y es muy difícil que vuelva a repetirse, que no tenía por qué preocuparme, y que además, en Vollezelle, no tendría que huir de nada ni de nadie. Aquel señor me hacía reír. Le confesé lo de Jean.  Entonces me dijo: "Según los sociólogos el verano es peligroso para las parejas, pero para las que no se han formado todavía es peor"

Una semana después vi llegar el coche de Paul. No iba solo. Lo primero que hice al ver a Jean fue agarrar las muletas. Me puse en pie temblando. ¿Cómo podía Paul hacerme esto? Comimos los cuatro en el jardín. Cuando nos dejaron solos hablamos de naderías. Entre silencios pasamos una tarde agradable. Me preguntó cómo iba el verano y le dije que era lo contrario a lo que había planeado. Qué diferente era Jean estando solo. Le enseñé el estudio de mi tía. Era la primera vez que Jean veía unas esculturas de piedra.

-¿Sabes para qué dice mi tía que sirve el arte? -pregunté ante los trece últimos bustos.

-No -sostuvo Jean

-Para vencer a la muerte. Para permanecer.

Hacia las siete Paul tenía que llevar a Jean a Edingen para coger el tren de vuelta.

-¿Por qué te caíste? -preguntó antes de entrar al coche.

Pensando la respuesta me encomendé a la esperanza, esa cosa rara y verde que pertenece a los que no creen en estadísticas. Me encogí de hombros y, mientras arrancaba, dije:

-Para aprender a esperar, supongo.                    

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Villa Hellebosch
21.10.13 > 18.11.13

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